Cuauhtémoc, Ciudad de México. 28 de septiembre 2026. La presidenta constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, la Doctora Claudia Sheinbaum Pardo en conferencia de prensa matutina en Palacio Nacional. La acompañan: Marath Bolaños López, secretario del Trabajo y Previsión Social; Laura Velázquez Alzúa, Coordinadora Nacional de Protección Civil; Víctor Manuel Castro Cosío, gobernador de Baja California Sur, Iván Escalante, Procurador Federal del Consumidor (Profeco); Alfonso Suárez del Real, asesor político de la Coordinación de Comunicación Social. Foto: Hazel Cárdenas/Presidencia
¿QUIÉN CUIDA A LA PRESIDENTA?
Hay una regla de oro en el poder: cuando los hechos faltan, las palabras lo son todo.
Y cuando ni hechos ni palabras tienes, lo único que te queda es la imagen.
La imagen de un Jefe de Estado no es vanidad. Es política exterior, es confianza, es certidumbre. Es lo que hace que el mundo te tome en serio o te convierta en meme. Un presidente representa a 130 millones. Cuando habla, no habla Claudia, habla México.
Por eso mi pregunta es seria y ya no da risa: ¿Quién cuida a Claudia Sheinbaum? ¿Quiénes son sus asesores de imagen, sus asesores de comunicación, sus correctores de estilo? ¿Cómo se llaman? ¿Cuánto nos cuestan a los mexicanos? ¿Qué preparación tienen? ¿De qué universidad salieron? ¿Qué libro han leído? ¿Han trabajado alguna vez con un estadista o solo con porristas de campaña?
Porque tienen la obligación más básica del mundo: cuidar sus palabras. Decirle “Doctora, así no se dice. Así no se ríe. Así no se contesta”.
Un presidente no puede salir a decir que 4×5 son 50 frente a todo el país, con la banda presidencial puesta. No puede reírse en el homenaje póstumo de un hombre como Cuauhtémoc Cárdenas y decir que es un privilegio para ella poder hablarle a un féretro, como si el muerto le hiciera el favor. No puede responder a cada tragedia – Línea 12, Dos Bocas que no refina, Tren Maya que se descarrila, el país entero señalado como narco-gobierno – con la misma cantaleta de “es que es campaña de la oposición”.
Alguien ahí, en Palacio, debería tener los huevos para pararla. Pero nadie lo hace. O lo hacen y no les hace caso. Y entonces uno ya no sabe si reír o preocuparse, y se pregunta: ¿Todas estas metidas de pata son accidentes? ¿O ya es una forma de hacer política?
¿Es a propósito? ¿Es la estrategia de distraer? Te aviento un 4×5=50 para que hables de eso tres días y no hables del INE. Te aviento una risa en un funeral para que me digas insensible y no me preguntes por qué no hay justicia. Si es estrategia, es una estrategia miserable y muy vieja, la del macuspano: que hablen de mis pendejadas, no de mis responsabilidades.
Y si no es estrategia, es peor. Es que de verdad no puede. Es que está rebasada.
Y aquí es donde duele, porque ya no solo nos da vergüenza a nosotros, ya la ven de fuera. En el mundo, en redes, en la prensa internacional, ya no la ven como la doctora, como la científica, como la primera mujer presidenta. Lamentablemente ya la caricaturizan como la presidenta del porro. La presidenta que parece que se echó un churro antes de la mañanera y sale con los ojos vidriosos a decir “hay Papantla, tus hijos vuelan, abrazos no balazos”.
Que entienda, por favor, que así la están viendo: como la presidenta mariguana, la que flota, la que no aterriza, la que se ríe cuando debería llorar y se equivoca cuando debería precisar. Y no lo digo yo por ofender, lo digo porque así la pintan los memes que le dan la vuelta al mundo, y esos memes ya pesan más que su investidura.
Yo recuerdo a las mujeres que sí dejaron huella y no por memes.
Recuerdo a Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, que con una frase te paraba un país. Fría, dura, pero nunca imprecisa. Decía “Si quieres algo dicho, pídele a un hombre; si quieres algo hecho, pídele a una mujer”.
Recuerdo a Angela Merkel, 16 años gobernando Alemania, la mujer más poderosa del mundo, que con un gesto, con un silencio, transmitía más certidumbre que mil mañaneras juntas. Nunca necesitó gritar.
Recuerdo a Golda Meir, que sostuvo a Israel en guerra con pura templanza y con el corazón de madre.
Recuerdo a Indira Gandhi, que partió un país en dos y se hizo respetar en un mundo de hombres que querían verla caer.
Recuerdo a Jacinda Ardern, que le tocó una masacre en Nueva Zelanda y se puso el velo y lloró con su pueblo, pero nunca se rió de él.
Ninguna de ellas era perfecta. Todas cometieron errores. Pero todas entendían una cosa que Claudia no ha entendido: la investidura pesa más que la persona. El cargo está por encima del partido.
Ellas sabían que cada palabra se va por el mundo y se queda para la historia.
Y entonces, ¿qué va a dejar la señora de Palacio? ¿Qué va a dejar para que la defendamos?
Porque quisiera defenderla. De verdad, como mujer, como mexicano, quisiera decir “es la primera, hay que apoyarla”. Pero lamentablemente sus acciones no dejan mucho para defenderse. No deja una frase histórica, no deja una obra que cambió al país, no deja una imagen de estadista.
Va a dejar tragedia, va a dejar un partido hundido en mierda, va a dejar la herencia maldita del macuspano que no tuvo los huevos para romper, va a dejar un país señalado como narco-gobierno, y va a dejar, eso sí, un sinfín de memes chuscos de ella bien pacheca para la historia.
De Thatcher nos acordamos por su fuerza.
De Merkel por su certidumbre.
De Claudia nos vamos a acordar por “4×5 son 50” y por ser la presidenta que el mundo recuerda por andar en las nubes.
Esa es la diferencia entre dejar huella y dejar vergüenza.
