El que escupe para arriba.
Hay recuerdos que no son solamente recuerdos: son lecciones que la vida se encarga de repetir una y otra vez.
Desde siempre hemos visto a personas que se convierten en jueces de los demás. Señalan, condenan, insultan y se presentan ante la sociedad como ejemplos de rectitud.
Se escandalizan por la mujer que consideran inmoral, por el hombre que bebe, por quien cometió un delito, por los hijos ajenos, por la vida privada del vecino.
Levantan la voz, se rasgan las vestiduras y se colocan a sí mismos en un pedestal moral.
Pero muchas veces la vida termina demostrando que quienes más fuerte señalan son precisamente quienes más deberían guardar silencio.
Está la persona que condena a la mujer prostituta y exige que sea señalada por todo el pueblo, mientras oculta episodios de su propia vida que contradicen la imagen de pureza que pretende vender.
Está el hombre que acusa al vecino de alcohólico y habla de la destrucción que provoca el alcohol, mientras nadie olvida que perdió a su familia por la violencia que ejercía cuando bebía.
Está quien critica a los hijos de los demás por sus errores, por sus excesos o por sus conductas, mientras dentro de su propia casa existen exactamente aquellas cosas que tanto condena afuera.
Y está también quien construye toda su identidad alrededor de una supuesta superioridad moral: el que se presenta como incorruptible, honesto, diferente a todos los demás y destinado a salvar a la sociedad de sus vicios.
Porque hay algo que la vida suele hacer con quienes pasan demasiado tiempo señalando hacia arriba: un día los obliga a mirar hacia abajo y enfrentarse con su propio reflejo.
Así es como hoy observo el caso de Andrés Manuel López Obrador.
Durante décadas construyó buena parte de su discurso político alrededor de la superioridad moral. Se presentó como el hombre que venía a combatir la corrupción, la hipocresía, los privilegios y los abusos del poder.
Dividió constantemente a la sociedad entre quienes estaban de su lado y quienes, según su narrativa, representaban la corrupción, la mafia, la oligarquía o la decadencia moral.
Su discurso no solamente fue político. Fue, en muchas ocasiones, profundamente moralista.
Se habló de honestidad, austeridad, principios, integridad y de una supuesta transformación ética de la vida pública.
Se construyó la imagen de un movimiento que se consideraba moralmente distinto y superior a aquello que durante años había combatido.
Pero cuando alguien convierte la moral en el principal argumento para juzgar a los demás, también acepta, aunque no lo diga, una responsabilidad mucho mayor: ser medido con la misma vara con la que midió a los otros.
Y ahí es donde aparece la contradicción.
Porque hoy, después de años de señalamientos, acusaciones y discursos contra quienes eran presentados como corruptos o indignos, también existen cuestionamientos, investigaciones periodísticas y controversias que alcanzan al entorno político, familiar y gubernamental construido alrededor de López Obrador.
Tampoco de condenar a una persona sin pruebas. En democracia, cualquiera tiene derecho a la presunción de inocencia y a defenderse.
Pero tampoco se puede pedir a la sociedad que olvide décadas de discursos moralizantes.
Si durante años se utilizó la vida pública para señalar a otros, entonces es inevitable que la ciudadanía pregunte: ¿y la misma vara dónde está ahora?
Porque la honestidad no puede ser selectiva.
La corrupción no deja de ser corrupción porque la cometa alguien cercano.
El abuso de poder no deja de ser abuso porque ocurra dentro del propio grupo.
El nepotismo no deja de ser nepotismo porque lo practique alguien que habla de transformación.
Y la responsabilidad política tampoco desaparece porque quien la enfrenta haya construido una imagen de hombre incorruptible.
La historia tiene una manera particularmente irónica de poner las cosas en su lugar.
El que señala constantemente termina siendo señalado.
El que acusa termina teniendo que responder.
El que se coloca como juez termina sentado frente al tribunal de la opinión pública.
Y el que pasa años escupiendo hacia arriba puede descubrir, tarde o temprano, que la gravedad también funciona para los discursos políticos.
El escupitajo termina cayendo sobre el rostro de quien lo lanzó.
Ese es quizá el verdadero aprendizaje.
No existe ser humano, partido o movimiento que pueda vivir eternamente de una imagen construida. La realidad siempre termina abriendo grietas en las paredes de cualquier personaje público.
Por eso no se trata de alegrarse por la desgracia de nadie ni de repetir acusaciones sin fundamento. Se trata de algo mucho más sencillo: exigir coherencia.
Si durante años se pidió honestidad, que exista honestidad.
Si se exigió transparencia, que exista transparencia.
Si se condenó la corrupción, que se condene venga de donde venga.
Si se habló de una nueva moral pública, que esa moral también alcance a los propios.
Porque la verdadera autoridad moral no se proclama desde un púlpito ni se construye repitiendo que uno es diferente.
Se demuestra cuando nadie está mirando.
Y quizá esa sea la parte más dura de esta historia: que después de tantos años señalando a los demás, López Obrador y quienes construyeron su proyecto político alrededor de aquella narrativa ahora tienen que enfrentar exactamente aquello que todo gobernante termina enfrentando: el juicio de los hechos.
La política puede construir héroes.
La propaganda puede construir santos.
Los discursos pueden construir enemigos.
Pero solamente el tiempo puede revelar quién realmente era quién.
Y cuando el tiempo pasa, los discursos quedan atrás.
Entonces ya no importa quién gritó más fuerte.
Importa qué dejó.
Importa qué hizo.
Importa qué permitió.
Importa qué ocultó.
Y, sobre todo, importa si aquello que exigía para los demás también estuvo dispuesto a cumplirlo para sí mismo.
Porque al final, nadie puede vivir eternamente señalando la mierda de los demás mientras pretende que nadie mire su propia mierda en sus zapatos.
Y la vida, tarde o temprano, cobra la factura.
A veces llega en forma de una investigación.
A veces en forma de una verdad que sale a la luz.
A veces en forma de la memoria de quienes fueron señalados injustamente.
Y a veces simplemente llega con el paso del tiempo, cuando la historia deja de escuchar los discursos y comienza a juzgar los hechos.
Por eso hay una frase que nunca pierde vigencia:
Quien escupe para arriba debe estar preparado para recibir el escupitajo en la cara.
Porque la justicia de la vida no siempre llega rápido.
Pero cuando llega, suele tener una característica implacable:
pone a cada quien frente al espejo.
Fiona Gonzalez.












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