LE SUBÍ EL VIDRIO EN LA CARA AL NIÑO QUE VENDÍA MAZAPANES… PERO CUANDO LO VI CONTANDO SUS MONEDAS EN LA FARMACIA, ME SENTÍ LA PEOR BASURA DEL MUNDO.
“¡No, no, no! ¡No me toques el vidrio que lo ensucias!”.
Le grité eso desde la comodidad de mi aire acondicionado a un niño de unos ocho años que intentaba limpiarme el parabrisas en el semáforo de la avenida principal.
Hacía un calor infernal afuera. El asfalto parecía derretirse.
El niño, morenito, con una camiseta de fútbol tres tallas más grande y llena de agujeros, se asustó con mi grito.
Bajó la mano con la que sostenía su trapo sucio.
Me miró con unos ojos grandes y tristes, y murmuró un “perdón, jefe”.
Luego intentó ofrecerme un mazapán que sacó de una cajita de cartón.
—¿Un dulcecito para el calor, jefe? A cinco pesos.
—¡Que no! —bramé, y apreté el botón para subir el vidrio eléctrico, dejándolo con la palabra en la boca y el mazapán en la mano.
El semáforo se puso en verde.
Arranqué rápido, dejando una nube de humo en su cara.
“Qué plaga”, pensé. “Deberían estar en la escuela, no molestando a la gente que trabaja”.
Me sentí superior. Me sentí con derecho a mi enojo.
Qué equivocado estaba.
Media hora después, tuve que parar en una farmacia de esas que tienen consultorio al lado.
Me dolía la cabeza por el estrés del tráfico. Quería una aspirina y un refresco.
Entré al local, disfrutando el aire frío.
Había una fila corta en la caja.
Delante de mí, había alguien pequeño.
Era él.
El mismo niño del semáforo.
Reconocí su camiseta de fútbol rota.
Estaba de puntitas frente al mostrador, vaciando sus bolsillos sobre la barra de metal.
Monedas de peso, de cincuenta centavos, alguna de cinco.
Las contaba con sus deditos sucios de tierra y azúcar.
—Diez, once, doce… quince cincuenta… —murmuraba.
La cajera, una señora con cara de pocos amigos, lo miraba impaciente.
—A ver, niño, apúrate. ¿Vas a querer la medicina o no? Hay gente esperando.
El niño la miró angustiado.
—Es que… es que el doctor dijo que mi mamá necesita esta inyección para el dolor, seño. Pero dice que cuesta ochenta pesos. Y nomás junté cuarenta y dos.
Mi corazón dio un vuelco.
Miré la cajita de mazapanes que el niño había puesto en el suelo.
Estaba casi llena.
Nadie le había comprado.
Yo no le había comprado.
—Pues no te alcanza —dijo la cajera, retirando la caja de la medicina—. Vete a pedir más y regresas.
El niño se aferró al mostrador. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Por favor, seño. Mi mamá está llorando mucho en la casa. No se puede levantar. Le prometí que le llevaba la medicina. Le doy… le doy mi caja de mazapanes. Y mi trapo.
La cajera rodó los ojos.
—Yo no quiero tus dulces. Si no tienes dinero, no hay medicina. Siguiente.
El niño bajó la cabeza.
Una lágrima le cayó en la mejilla, dejando un surco limpio en su cara manchada de hollín.
Recogió sus monedas lentamente, con una derrota que ningún niño de ocho años debería conocer.
Sentí un golpe en el pecho.
Un golpe de realidad que me dejó sin aire.
Ese niño no estaba “molestando”.
Ese niño estaba trabajando bajo el sol, aguantando gritos de tipos arrogantes como yo, tragándose el orgullo y el cansancio, todo para aliviar el dolor de su madre.
Él era el hombre de la casa a los ocho años.
Y yo… yo era un miserable que le había negado cinco pesos que no me hacían falta, pero que a él le hubieran acercado a su meta.
Di un paso al frente.
—Cobre la medicina —dije, poniendo mi tarjeta sobre el mostrador.
La cajera y el niño me miraron.
El niño abrió los ojos como platos. Me reconoció.
Se encogió un poco, esperando tal vez otro grito.
—Y deme también unas vitaminas, un suero y… —miré al niño— ¿qué más necesita tu mamá, campeón?
El niño no podía hablar. Temblaba.
—¿Es… es para mí, jefe? —susurró.
—Sí. Es para tu mamá.
Pagué todo. Fueron quinientos pesos.
Para mí, era una comida en un restaurante.
Para él, era la diferencia entre ver sufrir a su madre o verla sanar.
Salimos de la farmacia.
El niño abrazaba la bolsa de medicinas como si fuera un tesoro.
—Gracias, jefe. Gracias, gracias —repetía, y quería besarme la mano.
Me arrodillé para quedar a su altura.
No me importó ensuciar mi pantalón de traje en la banqueta.
—No me des las gracias —le dije con la voz quebrada—. Perdóname.
—¿Por qué, jefe? Usted me ayudó.
—Perdóname por haberte gritado en el semáforo. Perdóname por subirte el vidrio. No sabía que eras un valiente.
El niño sonrió. Le faltaba un diente.
Sacó un mazapán de su caja.
El mismo que me quiso vender y que yo desprecié.
Estaba un poco aplastado.
—Tenga, jefe. Regalo. Pa’ que se le endulce el día.
Acepté ese mazapán con más gratitud de la que he aceptado cheques de mil dólares.
Vi al niño correr calle abajo, con sus medicinas, gritando “¡Mamá, ya voy!”.
Me subí a mi auto lujoso.
Me comí el mazapán llorando.
Sabía a cacahuate y a lección de vida.
Ese día entendí que detrás de cada mano que se extiende en un semáforo, hay una historia que no conocemos.
Hay un hambre que no es solo de pan, sino de esperanza.
Hay hijos siendo padres. Hay madres rezando.
Desde entonces, nunca subo el vidrio.
Siempre traigo monedas.
Y si no traigo, bajo la ventana, los miro a los ojos y les digo: “Hoy no traigo, hermano, pero que Dios te bendiga”.
Porque a veces, una mirada de respeto vale más que una moneda lanzada con desprecio.
No juzgues al que trabaja en la calle, porque no sabes el tamaño de la cruz que carga en la espalda. Ese niño que te “molesta” puede estar librando una batalla que tú, con todos tus privilegios, no aguantarías ni cinco minutos. Sé amable. Siempre. Porque la rueda de la fortuna da muchas vueltas.
#Laborissmo








