Juan no conseguía un buen trabajo. Pero tenía una idea: cerca de su casa estaban construyendo un edificio, y los obreros no tenían dónde comer. Entonces empezó a preparar sándwiches en su cocina y a vendérselos al mediodía.
Les gustaron. Al mes vendía el doble. Los obreros estaban contentos, Juan mantenía a su familia, y nadie le hacía daño a nadie.
Hasta que Juan quiso hacer las cosas bien y legalizar su negocio.
Primero necesitó licencias y permisos de distintas oficinas del gobierno, cada una con sus formularios, sus sellos y sus tiempos. Después tuvo que someterse a inspecciones y certificaciones sanitarias. Si lograba pasar todo eso sin fundirse ni rendirse, todavía tenía que llevar una contabilidad detallada para que los recaudadores locales, regionales y nacionales pudieran llevarse su parte de lo que ganaba.
Pero Juan no sabía contabilidad. Así que contrató a su cuñado, que sabía un poco. Y en ese momento Juan se convirtió en empleador, con todo lo que eso significa: retenciones, aportes, salario mínimo, normas laborales y más formularios.
Este ejemplo no es nuestro. Lo escribieron Linda y Morris Tannehill en 1970, en su libro The Market for Liberty, y terminan con una frase que sigue vigente: “con barreras tan poderosas para el éxito, no es raro que los pobres sean cada vez más pobres.”
Más de cincuenta años después, la historia de Juan se repite en todo el mundo. Muchos se rinden. Otros siguen en la informalidad, sin poder crecer, sin crédito, siempre con miedo a que los clausuren. Y después los mismos que levantaron esas barreras dicen que el mercado no les da oportunidades a los pobres.
Juan no necesitaba un plan social. Necesitaba que lo dejaran trabajar.
