No me llevó a un motel, ese servicio fue diferente.

Yo lo acepté porque el dinero me hacía falta.
Dijo que conocía un lugar “discreto”.
Desde que tomamos ese camino supe que no era normal.
La ciudad quedó atrás demasiado rápido y el miedo me comenzó a invadir.

Le pedí que regresara.
No gritó, no se alteró.
Solo aceleró.

Cuando el auto se detuvo ya no había luces, ni ruido, ni forma de pedir ayuda.
Me sacó a la fuerza. Estaba lloviendo.
El suelo era tierra mojada y piedras.
Intenté correr, pero el cuerpo no siempre responde como uno cree cuando el miedo gana.

Luché. Arañé. Golpeé. Mis manos quedaron marcadas de tierra y sangre que no era solo mía.

Recuerdo el olor de tierra mojada, el frío en la espalda y en mi piel cada que desgarraba mi ropa.
Su peso que no me deja respirar.
Recuerdo pensar que nadie me iba a ayudar, que ahí se me iba la esperanza.
El dolor no fue de un solo golpe, fueron de muchos.

Después de uno en mi cabeza, ya no sentí nada.

Me encontraron al día siguiente.
Mi cuerpo desnudo, tirado, lleno de humillación.
Las marcas no coincidían con ninguna mentira.

El lugar hablaba. Las gotas de sangre en la tierra.
Mi labial y mi maquillaje tirados.
Mis zapatos que tanto quería, ahora estaban sucios y llenos de lodo.

En los peritajes criminalísticos describieron la escena con palabras frías:
-Femi-ni-ci-dio, lesiones, traumatismo, ultraje, amordazada.

Sólo era una mujer que trataba de ganarse la vida, como todos.

Y aunque digan que “me dedicaba a eso”, mi cuerpo dejó claro que nadie merece terminar así.

#Laborissmo