—¿Y tú por qué no traes carro, Manuel? Ya eres gerente, no te verías mal en una de esas camionetas que sacó el banco.
Manuel solo sonrió y siguió caminando hacia la parada del camión. Sus compañeros de la oficina, los que estrenaban deuda cada dos años, se burlaban de sus zapatos de suela gastada y de su celular con la pantalla rayada.
Para ellos, Manuel era “el codo”. El que nunca iba a las comidas de $800 pesos porque “traía su propio tupper”. El que no entraba en la tanda de los relojes de marca.
Lo que ellos no veían era el ritual de Manuel cada noche.
Llegaba a su casa, una casa pequeña pero pagada hasta el último ladrillo, y se sentaba a ver a su hija estudiar. Ella no tenía los tenis “del momento”, pero tenía una cuenta de ahorros para su universidad que crecía cada mes.
Manuel no pagaba intereses; Manuel compraba libertad.
El golpe llegó un martes negro. Recorte masivo. La empresa, esa por la que sus compañeros se habían “puesto la camiseta” y empeñado el sueldo, les dio las gracias con un sobre frío.
A la salida, el estacionamiento parecía un velorio de metal. Los “exitosos” miraban sus camionetas brillantes con terror, sabiendo que la próxima mensualidad se los iba a tragar vivos. Sus manos temblaban al ver las notificaciones del banco.
Manuel salió con su mochila al hombro, caminando con la misma calma de siempre.
Uno de sus jefes, ahogado en deudas, lo alcanzó: —Manuel… ¿cómo puedes estar tan tranquilo? Nos acaban de quitar todo.
Manuel lo miró con una mezcla de lástima y paz: —A ustedes les quitaron el sueldo. A mí solo me quitaron el trabajo.
Esa noche, mientras los otros no podían dormir pensando en cómo ocultarle la verdad a sus familias para no perder el “estatus”, Manuel cenó tranquilo. Su familia no lo quería por lo que manejaba, sino por quien era.
Él no tenía una camioneta del año, pero tenía algo que el dinero de los bancos no puede comprar: el derecho a no tener miedo al mañana.
La riqueza de verdad no se estaciona en la cochera, se siente en el pecho cuando el mundo se detiene y tú puedes seguir caminando.
Aprende a vivir para ti, no para los que te miran desde afuera. Porque el “qué dirán” no paga facturas, pero el orden y la disciplina te dan la vida que siempre soñaste.
#Laborissmo
