Ayer, el Zócalo ardió en la memoria de Teuchitlán. Velas, zapatos, gritos, lágrimas. No era solo un homenaje, era el eco de un país desangrado, de un luto que no termina.
Porque en México, la muerte no es tragedia, es rutina. Y el Estado, lejos de proteger, pacta, omite, sepulta.
No son fosas, son cementerios clandestinos donde el gobierno y el narco se reparten la tierra y la sangre. No son cuerpos, son vidas arrancadas mientras las autoridades fingen sorpresas teatrales. No son “fallas”, son complicidades. No son “omisiones”, son crímenes de Estado.
Ayer el país gritó en el Zócalo lo que el poder calla: que la impunidad ha podrido la justicia, que aquí se desaparece con licencia, que México no solo está en luto, está al borde de su propia fosa. Y si no despertamos, solo quedará contar los cuerpos.