Columna de Opinión
Mtro. Arturo Ismael Ibarra Dávalos.
¿QUÉ SIGNIFICA PARA LATINOAMÉRICA LA CAPTURA DE MADURO Y EL FIN DE UNA ERA?
La madrugada del 3 de enero de 2026 ha quedado grabada como una fecha que sacude los cimientos de la historia contemporánea latinoamericana. En una operación militar catalogada por el presidente estadounidense Donald Trump como un “ataque a gran escala”, fuerzas estadounidenses llevaron a cabo bombardeos en Caracas y capturaron al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, junto con su esposa Cilia Flores, trasladándolos fuera del país, según el propio mandatario estadounidense. 
Este giro de guión —producto de años de tensión, tensiones diplomáticas, crisis económica interna en Venezuela, acusaciones de narcotráfico y políticas intervencionistas— no solo convierte a Maduro en un prisionero y futuro procesado en tribunales de Estados Unidos, sino que abre un capítulo nuevo y radical para toda América Latina. 
Antes de este golpe, Maduro había gobernado Venezuela desde 2013, heredando la revolución iniciada por Hugo Chávez y consolidando un poder sustentado en decisiones políticas autoritarias, una economía deteriorada y relaciones internacionales tensas; y aunque era repudiado por muchos en la región, también contaba con simpatías e incluso apoyo tácito en sectores de izquierda latinoamericana. 
Solo unos años atrás, pocos se imaginaban un desenlace de esta naturaleza. El conflicto entre Washington y Caracas escaló durante 2025, con ataques estadounidenses previos en el mar Caribe contra embarcaciones vinculadas al narcotráfico, una campaña de sanciones económicas, y la posterior designación de Maduro como supuesto jefe de una organización denominada “Cartel de los Soles”, acusándolo de narco-terrorismo y conspiración para inundar el mercado estadounidense con cocaína. 
La captura, además de su dramatismo, encierra un mensaje simbólico y estratégico: Estados Unidos ha decidido que no basta con sanciones ni presiones políticas; ha optado por intervenir directamente contra un gobierno que considera ilegítimo y criminal.
Una nueva era: ¿caída de estructuras viejas?
Para muchos en Latinoamérica este hecho se siente como el final de una era de impunidad autoritaria y de estructuras políticas que parecían inamovibles. Desde México hasta Argentina, voces políticas y sociales ya han reaccionado con una mezcla de esperanza, incertidumbre y alarma. Sectores opositores en Venezuela ven en este episodio la posibilidad de reconstrucción democrática y la caída de un régimen que por décadas ha sido acusado de corrupción, violaciones de derechos humanos y deterioro institucional. 
¿Qué estructuras caerán ahora? ¿Qué nuevos comienzos pueden surgir?
La captura representa un punto de inflexión monumental. Las estructuras que no funcionaban —corruptas, ineficientes, autoritarias o desconectadas de las necesidades reales de los pueblos— quedan expuestas. En cierto sentido, esto puede abrir espacio para reconstrucciones políticas más transparentes, para un reequilibrio regional que ponga énfasis en la cooperación, el respeto mutuo entre estados y la revitalización de instituciones democráticas.
Pero al mismo tiempo, si no se maneja con cuidado, esta transformación podría degenerar en inestabilidad regional. Las derivaciones humanitarias —como movimientos de refugiados, tensión militar en fronteras, protestas internas y polarizaciones políticas— ya están presentes, con Colombia movilizando tropas en la frontera y debates intensos en foros internacionales. 
La historia de Latinoamérica ha estado marcada por intervenciones extranjeras, dictaduras, rupturas institucionales y transiciones caóticas. La caída de Maduro puede ser vista como el derrumbe simbólico de un edificio político que se sostenía sobre pilares frágiles. Sin embargo, tal como cualquier gran demolición, lo que viene después depende de la voluntad colectiva, de la capacidad de diálogo, de la reconstrucción de confianza entre ciudadanos, autoridades y actores internacionales, y de la firme decisión de construir instituciones sólidas y respetadas.
En la encrucijada de este suceso, Latinoamérica se enfrenta ahora a un umbral: puede verse como el preludio de una nueva era, donde cambios profundos —en economía, política, justicia y relaciones internacionales— se tornen posibles, pero también impredecibles. El mundo observa atento, y las decisiones que sigan, tanto de los países latinoamericanos como de la comunidad internacional, determinarán si este evento será recordado como un nuevo amanecer de reconstrucción regional o como el inicio de un período de turbulencia aún mayor.
Alarmante que Claudia Shembaum y López Obrador estén pidiendo la liberación de Nicolás Maduro ignorando el enorme daño que su régimen a causado a Venezuela..
Respaldar a Maduro no es defender la soberanía ni la paz..Es apoyar la continuidad de una Dictadura que ha destruído la economía y reprimido a su gente y obligando a miles de Venezolanos abandonar su País…
Con esa postura no piensan en el Pueblo, sino en afinidades de ideologías.
El Presidente Trump envió un fuerte mensaje a la narcopresidente Sheinbaum tras la captura del dictador venezolano Nicolás Maduro: “Los cárteles gobiernan México, ella no. Algo habrá que hacer contra eso porque entran muchas drogas por la frontera Sur”.
A los que lamentan la detención de Maduro y se preocupan porque “Estados Unidos va a explotar sus recursos”: hablen desde el privilegio.
Gracias a Dios, ustedes nunca han vivido bajo un régimen así. No saben lo que es:
Tener que atravesar la selva del Darién buscando sobrevivir.
Que la Guardia Nacional y el Instituto Nacional de Migración en México te vendan a los mismos carteles en mas de 30 retenes a lo largo del país.
Ser secuestrado por traficantes o sufrir abusos inenarrables en el camino.
Perder hijos en la travesía o ser discriminado en tierra ajena.
Todo eso pasa por un narco-gobierno que tiene a su país muriendo literalmente de hambre.
¿Les preocupa el petróleo? Noticia de última hora: su propio gobierno lleva décadas robándose esos recursos mientras el pueblo muere de inanición. Si otra potencia entra y se lleva el petróleo, pero a cambio la gente deja de morir de hambre, les aseguro que cualquier venezolano aceptaría el trato sin dudarlo.
Dejen la hipocresía. Están igual que los que protestan por conflictos al otro lado del mundo en Palestina mientras ignoran su propia realidad.
Fíjense en su país, en su estado. Aquí tenemos más muertes un martes por la tarde que en las guerras por las que tanto se indignan en redes.
#TÓMALA! En su jeta.
La congresista de EE.UU., Anna Paulina Luna, afirma que Claudia Sheinbaum fue “Impuesta” como Presidente de México y asegura que si fuera buena presidenta el país No sería gobernado por Carteles.
EN EL PALACIO DE GOBIERNO DE MICHOACÁN SE COLOCARON BANDERAS DE VENEZUELA
Estoy de acuerdo con el abogado Carlos Aceves:
La colocación de una bandera extranjera en un edificio oficial del Estado mexicano, sin que medie un acto diplomático formal, no puede considerarse un hecho menor ni una simple expresión simbólica. Se trata de un acto jurídicamente irregular y políticamente irresponsable, que vulnera principios esenciales del orden constitucional mexicano.
Desde el punto de vista jurídico, la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales establece que los símbolos nacionales deben ser utilizados con estricto apego a la ley y al respeto institucional. La presencia de símbolos extranjeros en instalaciones oficiales solo es admisible en contextos diplomáticos claramente reconocidos, como visitas oficiales, tratados, ceremonias internacionales o eventos autorizados por la Federación. Fuera de esos supuestos, no existe base legal que legitime dicho acto.
Adicionalmente, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos reserva de manera exclusiva al Poder Ejecutivo Federal la conducción de la política exterior. Ningún gobierno estatal, municipal o autoridad local tiene competencia para realizar actos que, aun de manera simbólica, impliquen representación internacional del Estado mexicano. Por tanto, la colocación unilateral de una bandera extranjera constituye un exceso de facultades y una transgresión al principio de competencia constitucional.
Desde la dimensión política y republicana, los símbolos del Estado no son decorativos ni neutros. Representan soberanía, unidad nacional y autodeterminación. Permitir que autoridades locales utilicen símbolos extranjeros en edificios oficiales, sin marco jurídico ni autorización federal, debilita la noción de Estado, confunde la representación institucional y sienta un precedente peligroso de fragmentación del poder público.
Es importante subrayar que este acto no configura el delito de traición a la patria, ya que el derecho penal exige conductas graves, dolosas y plenamente tipificadas. Sin embargo, que no sea traición no significa que sea correcto, legal o aceptable. La ilegalidad administrativa y el agravio simbólico a la soberanía nacional subsisten plenamente.
En un Estado constitucional de derecho, la legalidad no es opcional ni selectiva. El respeto a los símbolos patrios y a la división de competencias no depende de simpatías políticas, coyunturas internacionales o gestos mediáticos. La soberanía nacional se ejerce con responsabilidad, no con ocurrencias.
Por último comparto una opinión de Fiona González:
No me escandaliza que Estados Unidos actúe contra un dictador; me escandaliza que aún se finja sorpresa. Cuando un régimen se sostiene en el fraude, la represión y el miedo, deja de ser un asunto interno y se convierte en un problema internacional. Nicolás Maduro no representa a Venezuela: la secuestró. Y cuando un país entero es rehén de un solo hombre, la pasividad del mundo deja de ser neutralidad y pasa a ser complicidad.
La soberanía no puede seguir usándose como escudo para proteger dictaduras. No es soberanía cuando millones huyen del país, cuando el hambre se normaliza, cuando las fuerzas armadas sirven al régimen y no a la nación, y cuando el crimen organizado y los intereses extranjeros mandan más que la ley. En ese punto, la no intervención se convierte en complicidad.
Maduro no gobierna: retiene el poder. Y cuando un régimen se sostiene únicamente por la represión, la censura y el control de las armas, la vía interna queda cancelada. Exigir que los venezolanos “resuelvan solos” lo que se les impide resolver con votos, con instituciones destruidas y con oposición perseguida, es una forma elegante de lavarse las manos.
Si un dictador enfrenta señalamientos por crímenes de lesa humanidad, narcotráfico y violaciones sistemáticas a los derechos humanos, no estamos ante un asunto ideológico, sino ante uno de justicia. La historia demuestra que muchos tiranos no cayeron por discursos ni por llamados diplomáticos, sino cuando el mundo dejó de tolerarlos.
Defender una acción internacional contra Maduro no es estar “del lado del imperio”; es estar del lado de las víctimas, de los presos políticos, de los exiliados, de los que ya no tienen voz. La verdadera inmoralidad no sería actuar, sino seguir mirando hacia otro lado mientras un país entero es rehén de un solo hombre y su círculo.
La historia no suele condenar a quienes frenan dictaduras; condena a quienes las justificaron en nombre de la prudencia, la neutralidad o el cálculo político.
Feliz año 2026; ya nos veremos en otra Vuelta de la Esquina.








