EL ÚNICO PRESIDENTE QUE ENFRENTÓ A LOS GIGANTES Y GANÓ: LA VERDADERA HISTORIA DE LÁZARO CÁRDENAS Y EL PETRÓLEO.

19 de marzo de 1938, 6:00 AM. Palacio Nacional. El aire está cargado de una tensión eléctrica que se puede sentir en la piel. Un mensajero entra corriendo al despacho presidencial; trae un cable urgente del Departamento de Estado de EE. UU. Lázaro Cárdenas lo lee en silencio ante sus ministros. La exigencia es brutal: Standard Oil y Shell exigen 400 millones de dólares de inmediato.

Para ponerlo en perspectiva: el presupuesto anual de México era de 200 millones. Los gringos pedían el doble de lo que el país entero generaba en un año. Era una sentencia de muerte económica. “Señor Presidente, tal vez podamos negociar un pago parcial…”, susurra un ministro tembloroso. Cárdenas lo interrumpe con la mirada. No hay marcha atrás.

Mientras en la capital se discutía, en los campos petroleros de Tampico e inició el caos. Ingenieros extranjeros vaciaban oficinas, quemaban planos y abrían válvulas para derramar el crudo en los ríos. “Si no es nuestro, no será de nadie”, era la consigna.

En Londres, Royal Dutch Shell votaba un bloqueo total. Ni un banco europeo prestaría un centavo a México; ni un puerto recibiría un barco con bandera mexicana. Gran Bretaña rompió relaciones diplomáticas en 24 horas.
El mensaje era claro: México debía ser destruido por su osadía.

¿Quién era este hombre que se atrevía a mirar a los ojos al imperio? Lázaro Cárdenas nació en 1895 en Jiquilpán, Michoacán, en una casa de adobe.

A los 16 años vio por primera vez los campos petroleros y la herida se le quedó grabada: ingenieros extranjeros viviendo como reyes en casas con aire acondicionado, mientras los trabajadores mexicanos morían de enfermedades en barracas de madera, ganando centavos.

Ese joven aprendiz de imprenta, con sus mentores Enrique Ibarra y Allende y Donaciano Carreón Reyes, que leyó a Madero y a Zapata bajo la luz de una vela, entendió que la riqueza de México estaba siendo succionada. Se unió a la Revolución a los 18 años, no por gloria, sino por justicia. ⚔️ A los 25 ya era el general más joven del ejército, un hombre que no bebía, no apostaba y que, sobre todo, no se vendía.

Cárdenas llegó a la presidencia en 1934, elegido por Plutarco Elías Calles, quien pensó que Lázaro sería un títere obediente. Error fatal. En 1936, en una maniobra magistral, Cárdenas mandó militares a la cama de Calles (quien leía Mein Kampf en ese momento) y lo subió a un avión rumbo al exilio.
El “Maximato” terminó y la verdadera soberanía comenzó.

Cuando la Suprema Corte falló a favor de los trabajadores y las petroleras se rieron en la cara de la ley mexicana diciendo: “No obedeceremos”, Cárdenas tomó la radio. El 18 de marzo, anunció la Expropiación.

La respuesta del pueblo fue algo que la historia mundial nunca había visto. La gente no tenía dinero, pero tenía dignidad. En el Palacio de Bellas Artes, se formaron filas interminables. Viejitas de rebozo entregando sus gallinas; mujeres de la alta sociedad donando sus anillos de boda; campesinos entregando sus ahorros de toda la vida en monedas de cobre.
¡México estaba pagando su propia libertad!

Cárdenas no solo recuperó el petróleo; recuperó el alma de una nación que se sentía inferior. Enfrentó a Standard Oil —una empresa que valía 10 veces el presupuesto de México— y los obligó a retirarse.

Hoy, nos dicen que somos dependientes, que no podemos solos. Pero la historia de Lázaro Cárdenas es la prueba viviente de que cuando un líder tiene el valor de expulsar a los traidores y confiar en el pueblo, no hay imperio, por grande que sea, que pueda doblar la voluntad de México.

¿Crees que hoy México necesita recuperar ese espíritu de 1938? ¿Estamos listos para defender lo que es nuestro una vez más?

#Laborissmo