El error está en suponer que, si nosotros pudimos, todos pueden.
Y usarlo para invalidar a los demás, queriendo convertir nuestra propia vara en la medida universal de lo que “debería ser”.
Entonces vamos por la vida afirmando que, si nosotros pudimos superar una enfermedad, una separación, una pérdida o cualquier otro acontecimiento, los demás también deberían.
Nos volvemos un autoejemplo compulsivo.
Y cuando nos encontramos con alguien que vivió “lo mismo que nosotros” pero que no ha podido superarlo o gestionarlo —de la misma forma que lo hicimos— lo acusamos de dramático, de cómodo o de falto de voluntad.
Porque, desde nuestro punto de vista (muchas veces bastante egoico), creemos que todos contamos con los mismos recursos mentales, emocionales, espirituales, académicos y económicos para poder “superar” lo acontecido.
Entonces, en lugar de dar paso a la empatía, damos paso a la exigencia y al juicio.
Exigimos que dejen de dramatizar.
Exigimos que se dejen de quejar.
Exigimos que salgan de su “zona de confort” y que, de una buena vez, lo superen.
Pero se nos olvida algo fundamental:
Aunque los acontecimientos puedan parecer parecidos, la historia personal de cada ser humano nunca es igual.
Cada persona tiene derecho a vivir su proceso como quiera, como pueda y con las herramientas psicológicas, emocionales y espirituales que tenga a su alcance.
Dejemos de medir con nuestra vara la vida y los procesos ajenos.
Y abramos el corazón hacia el entendimiento empático de quien está transitando algo que, en algún momento, también nos dolió, nos lastimó o nos marcó.
Solo una breve reflexión…
#Laborissmo
