Shakira, el Senado y la coreografía del poder.
Por: José Antonio Sánchez
En la República del Espectáculo (México) Permanente ya no se gobierna, ahora se produce, y ahora, según anuncian con entusiasmo casi litúrgico los más fervientes creyentes de la 4T, que llegará nada y nada menos que Shakira al Zócalo capitalino. Gratis. Como si la palabra “gratis” no fuera el eufemismo favorito de todo gobierno cuando el que paga es el contribuyente.
Porque claro, nunca antes (dicen) se había visto un gobierno tan entregado al pueblo, tan generoso,tan magnánimo. Tan productor de conciertos masivos y tan cercano a la gente…
Ya no hablamos de políticas públicas, hablamos de cartelera, espectáculos y próximos estrenos de cuanta ocurrencia pueda mantener entretenido al pueblo.
Y no nos confundamos porque el problema no es Shakira, más bien el problema es la sincronización, la sospechosa coreografía entre espectáculo y decisiones legislativas. Porque México ya tiene antecedentes recientes, no olviden que mientras Rosalía hacía vibrar la plaza pública, en el Senado avanzaban reformas de alto calibre con una velocidad que ya quisieran los trámites ciudadanos, los cuales siempre han sido de baja relevancia para quienes procuran la ley, mientras miles grababan reels, otros levantaban la mano y acreditaban las ordenes superiores en forma de iniciativas.
Pero no seguro es casualidad, como también es casualidad que cada vez que la agenda pública se tensa “reformas polémicas, concentración de poder, cambios estructurales” aparezca algún distractor monumental, una narrativa emocional, un evento masivo que lo cubra todo con luces LED Y todo bien gracias.
Pan y circo versión 4T, pero con mejor sonido.
El libreto es impecable:
1. Se anuncia el espectáculo como un logro histórico.
2. Se viraliza la “cercanía con el pueblo”.
3. Se polariza a quien cuestione el costo o el momento.
4. Y mientras tanto… el engranaje legislativo no se detiene.
Porque mientras la multitud canta “Las mujeres ya no lloran…”, el poder sonríe: las mayorías legislativas tampoco y con Shakira todos los del poder “Facturan”
¿Que si esto fortalece la cultura? Quizá.
¿Que si acerca la música a quienes no pueden pagar un boleto? Puede ser.
¿Que si es políticamente conveniente? Absolutamente, pero la última cuestión ¿En qué beneficia al pueblo?
Lo verdaderamente admirable es la narrativa es convertir un concierto en símbolo de transformación nacional. Como si traer una estrella internacional fuera equivalente a mejorar el sistema de salud, fortalecer la seguridad o garantizar crecimiento sostenido en beneficio de los mexicanos.
Y quien ose cuestionarlo es inmediatamente etiquetado como enemigo del pueblo, aguafiestas profesional o resentido social. Porque en la nueva liturgia política, el aplauso es virtud y la crítica es traición. Al final, el truco no es nuevo. Cambian los artistas, cambia el discurso, pero la técnica es ancestral: mantener a la plaza entretenida mientras la arquitectura del poder se consolida con discreción quirúrgica.
Así que sí, disfruten el concierto, canten, bailen y graben historias y reels, pero tomen en cuenta que entre estrofa y estrofa, quizá convenga revisar el Diario Oficial, porque a veces mientras el escenario brilla… el poder ensaya en la sombra y cuando abres los ojos ¡Cataplum! Ya tienes nuevos planes, nuevas reglas y nuevas leyes que no se consensuaron.
