Mientras tanto… el salario de la realidad

Mientras tanto…
El salario de la realidad

Por: José Antonio Sánchez

Existe una pregunta que ningún gobierno ha querido responder de manera convincente: ¿por qué quienes representan al pueblo viven tan lejos de las condiciones del pueblo? La discusión aparece cada cierto tiempo, generalmente cuando se hacen públicos los salarios de diputados, senadores, magistrados, alcaldes o funcionarios de alto nivel. Entonces surgen las comparaciones inevitables. Mientras millones de ciudadanos cuentan monedas para completar el gasto de la semana, quienes toman las decisiones perciben ingresos que parecen pertenecer a una realidad distinta.

Los defensores de los altos salarios argumentan que son necesarios para atraer perfiles preparados y evitar actos de corrupción. Sobre el papel, la lógica parece razonable. Sin embargo, la experiencia demuestra que los elevados ingresos no han sido garantía de honestidad ni de eficiencia.

La verdadera pregunta no es cuánto gana un funcionario. Más bien la verdadera pregunta es ¿cuánto entiende de la vida de quienes dicen representar? Porque gobernar no consiste únicamente en administrar presupuestos o pronunciar discursos. Más bien gobernar implica comprender la preocupación de quien no sabe si el dinero alcanzará para terminar la quincena. Significa conocer el precio de la tortilla, del gas, de los medicamentos y del transporte público sin necesidad de que alguien se lo explique mediante una gráfica.

Cuando la distancia económica entre gobernantes y gobernados se vuelve demasiado grande, también se vuelve enorme la distancia emocional. Los problemas cotidianos dejan de sentirse propios y comienzan a verse como simples estadísticas.

Por eso no resulta extraño que muchos ciudadanos se pregunten si un legislador que gana decenas de veces más que un trabajador promedio puede comprender realmente sus necesidades. No es un cuestionamiento de envidia; es un cuestionamiento de representación ¿Por quien caramba votamos cada sexenio?

La democracia nació para acercar el poder a la gente, no para construir castas políticas que vivan mejor mientras piden sacrificios a quienes las sostienen con sus impuestos, y en México casi nos cobran hasta el aire que respiramos.

Mientras tanto, debemos analizar que ningún país ha encontrado la fórmula perfecta (o todos se hacen que la virgen les habla) ya que tampoco se trata de que los servidores públicos vivan en la pobreza. Pero sí debería existir un principio elemental de congruencia: quien toma decisiones sobre la vida de millones de personas no puede perder contacto con la realidad de esas mismas personas. Porque cuando un gobernante deja de saber cuánto cuesta llenar la despensa, pagar la luz o llegar al final de mes, corre el riesgo de dejar de entender para quién gobierna.

Y cuando eso ocurre, el problema ya no es el salario, más bien el problema es que el poder comenzó a ganar mucho más de lo que vale la confianza del pueblo y de ahí para adelante… Todo lo gobernado ocupa un segundo lugar: En salud, empleo, seguridad y la vida digna de quienes trabajan en verdad y no se la pasan aplaudiendo en un curul.

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