En los tiempos del Porfiriato se vendía té de hojas de naranjo o de canela por 5 centavos. El mismo té, con un chorrito de alcohol costaba 8 centavos. Y el cliente ya ni lo explicaba, nada más decía: “me da un té por ocho”. De tanto repetirse, la frase se volvió “teporocho”, y terminó nombrando al que la tomaba de más.
Hay una segunda versión, la que recogió Jesús Flores Escalante en su libro “Morralla del caló mexicano”: el té etílico se vendía en el Mercado de La Merced a diez centavos, hasta que un puesto rival abrió cerca ofreciéndolo más barato. Para no perder clientela, el vendedor original lo bajó a ocho centavos y bautizó su propio negocio con el precio de té por ocho; té-por-ocho.
La Academia Mexicana de la Lengua registra la palabra como mexicanismo y la define como “alcohólico indigente”, pero aclara algo que casi nadie menciona: la etimología es incierta. No existe documento que respalde la historia de los ocho centavos, solo la tradición oral. Aun así, quedó fijada en el habla de millones de mexicanos.
Según la historiadora Julieta Ortiz, de la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1895 el país tenía 12.6 millones de habitantes: apenas el 2 por ciento formaba la clase privilegiada, el 8 por ciento eran burócratas y profesionistas, y el 90 por ciento restante lo componían trabajadores endeudados de forma sistemática en las tiendas de raya, a veces hasta la muerte.
La investigadora Nadia Menéndez Di Pardo, del Instituto Nacional de Antropología e Historia, documentó que el alcoholismo fue una de las principales causas de enfermedad y mortalidad de la época, apenas detrás de las infectocontagiosas. Los médicos porfirianos lo vincularon con cirrosis hepática, padecimientos gastrointestinales, epilepsia y criminalidad, y lo definieron como vicio, degeneración y lacra social: un criterio técnico que servía para controlar a las clases bajas.
La palabra se popularizó aún más con Chin chin el teporocho, de Armando Ramírez, cuyo protagonista bebe “la teporocha”: alcohol de 96 grados con jugo de tamarindo. Gabriel Retes la llevó al cine en 1976.
En el México prehispánico el pulque era sagrado y su consumo estaba reservado a ancianos, guerreros jóvenes y rituales; beberlo en exceso se castigaba con severidad. Ya en 2019, el 20 por ciento de los alumnos de quinto y sexto de primaria y el 15 por ciento de secundaria y preparatoria presentaban problemas de alcoholismo.











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