La oda del patriotismo del micrófono y la irresponsabilidad de tribuna, gestandose desde Palenque.
Por: José Antonio Sánchez
La política mexicana tiene una vieja enfermedad: la obsesión por confundir la estridencia con el liderazgo. Mientras más fuerte se grita, más valiente se pretende parecer; mientras más agresivo es el discurso, más patriota se intenta lucir. El problema es que la realidad rara vez premia la grandilocuencia y casi siempre termina cobrando factura a la imprudencia y si no lo cree solo cheque lo acontecido hace unos días.
Eso quedó exhibido en Palenque, Chiapas, donde Manuela del Carmen Obrador Narváez, prima del expresidente Andrés Manuel López Obrador, decidió utilizar una asamblea informativa para lanzar descalificaciones contra el presidente de Estados Unidos. Más allá de simpatías o antipatías hacia el mandatario norteamericano, el episodio dejó una pregunta inevitable: ¿qué beneficio concreto obtiene México cuando sus figuras públicas sustituyen los argumentos por los insultos tal y como lo hizo está dulce servidora pública? La respuesta parece sencilla: “ninguno’.
Durante años, ciertos sectores de la política nacional han construido una narrativa basada en la confrontación permanente. Un discurso donde todo se divide entre patriotas y traidores, entre buenos y malos, entre quienes aplauden y quienes cuestionan. Bajo esa lógica, cualquier declaración incendiaria suele celebrarse como una muestra de valentía, aunque en los hechos termine siendo una demostración de imprudencia.
Porque una cosa es defender la soberanía nacional y otra muy distinta es convertir la política exterior en un concurso de ocurrencias. La diplomacia existe precisamente para evitar que los impulsos personales terminen afectando los intereses de millones de ciudadanos.
Lo más revelador del episodio no fue siquiera la declaración en sí, sino la velocidad con la que el propio gobierno federal tomó distancia de ella. Cuando desde la máxima tribuna del país se considera necesario aclarar que esas expresiones no representan la postura oficial, queda claro que alguien habló de más y pensó de menos ¿Comprendido hasta acá?
Y es que la política seria exige algo más que consignas y aplausos de ocasión. Exige responsabilidad. Exige entender que cada palabra tiene consecuencias. Exige reconocer que México mantiene con Estados Unidos una relación compleja, indispensable y estratégica que no puede reducirse a discursos de plaza pública diseñados para arrancar ovaciones.
Lo preocupante es que este tipo de episodios reflejan una práctica cada vez más común: personajes que viven convencidos de que la notoriedad equivale a relevancia. En una época donde las redes sociales premian el escándalo instantáneo, algunos políticos parecen haber olvidado que la verdadera capacidad de liderazgo no se mide por la cantidad de titulares que generan, sino por la calidad de las soluciones que aportan.
Mientras tanto el país enfrenta desafíos económicos, de seguridad, migración e inversión, resulta difícil entender qué aporta a la discusión pública una declaración destinada únicamente a provocar. Mucho ruido, pocas ideas y ningún beneficio tangible y quien opine lo contrario, puede exponer sus datos, quizás compartamos el mismo punto de vista, cuando lo hagan.
Ya que solo vemos una alharaca placera sin fundamento y sin veracidad lógica o al menos debatible, porque viseralmente es lo que se vio y quizá ahí radique el verdadero problema. Hay quienes siguen creyendo que la política consiste en identificar enemigos, repartir culpas y lanzar adjetivos. Pero gobernar, influir o representar intereses públicos exige algo más complejo: prudencia, preparación y sentido de Estado ¿Sabrá Obrador Narváez que es eso?
Porque el nacionalismo de micrófono suele ser muy rentable para quien lo pronuncia. El costo, sin embargo, casi siempre termina pagándolo alguien más, sí; eso es, el pueblo sabio, tanto el que aplaude; como el cuestiona mientras el político de ocurrencias le vale 10 hectáreas de chorizo, las consecuencias que trae consigo, el no coordinar el cerebro con la boca.
Y cuando la política se convierte en un espectáculo de ocurrencias, el aplauso dura unos minutos, pero el ridículo puede permanecer durante mucho tiempo, claro mientras esto no sea tomado como una afrenta, aunque analizando el peso político ¿Qué mella puede hacer la delegada del bienestar en Chiapas en un país como USA?










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