El grano al pico: del PRI al PAN… y la sofisticación de Morena
Por: José Antonio Sánchez
En cualquier traspatio, la escena es simple: el granjero alimenta a sus aves, las cuida, las mantiene vivas y aparentemente protegidas. No hay generosidad en ello; hay propósito. Porque esas mismas aves, llegado el momento, serán aprovechadas.
La política mexicana no inventó esa lógica, pero sí la perfeccionó. Durante décadas, el viejo régimen del Partido Revolucionario Institucional construyó una maquinaria basada en el control: despensas, láminas, apoyos condicionados y sindicatos alineados. El mensaje era burdo, pero efectivo: el Estado provee, el ciudadano responde en las urnas. No había demasiada sutileza; el clientelismo era directo, territorial y, muchas veces, descarado. ¿Lo recuerdan?
Con la alternancia llegó el Partido Acción Nacional, que prometía romper con esas prácticas. Y en parte lo hizo: profesionalizó áreas del gobierno, fortaleció instituciones y redujo ciertos excesos. Sin embargo, nunca logró desmontar del todo la lógica asistencial. Los programas sociales continuaron, aunque con un enfoque más técnico y menos carga narrativa. El problema fue que tampoco construyó una alternativa capaz de sustituir la dependencia por movilidad real. Administró el sistema… pero no lo transformó. Y, con el tiempo, terminó por diluirse.
Después irrumpió Morena, primero con Andrés Manuel López Obrador y ahora con Claudia Sheinbaum, no para eliminar el modelo, sino para refinarlo. Pensar lo contrario sería ingenuo: lo expandieron, lo fortalecieron y lo alinearon con un objetivo claro de permanencia en el poder.
La diferencia es clave: hoy el apoyo no solo se entrega, se legitima moralmente. Se convierte en bandera, en identidad política, en narrativa de justicia social. Programas como la Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores, Jóvenes Construyendo el Futuro o Sembrando Vida no solo cumplen una función social; también construyen lealtades más profundas, más emocionales y más difíciles de romper.
Si el PRI condicionaba y el PAN administraba, Morena fideliza. Genera una relación más íntima entre el poder y el beneficiario, donde la dependencia no siempre es material, sino también psicológica.
El resultado es un modelo más sofisticado: la transferencia directa elimina intermediarios, pero fortalece el vínculo político entre quien gobierna y quien recibe. Ya no hace falta el operador de colonia; basta con que el depósito llegue puntual. El agradecimiento se vuelve individual, silencioso y constante, acompañado del temor (difuso, pero efectivo) de perder ese apoyo.
Mientras tanto, la otra cara de la moneda permanece intacta: una base de contribuyentes que sostiene el gasto público bajo una presión fiscal creciente, sin ver necesariamente reflejado ese esfuerzo en mejores condiciones para producir, invertir o crecer. Porque el gobierno no genera riqueza: la administra. Y, en muchos casos, la redistribuye sin crear condiciones para multiplicarla.
Así, México no ha roto el ciclo: lo ha modernizado y consolidado.
El ciudadano sigue atrapado entre la necesidad y la promesa; entre el alivio inmediato y la ausencia de oportunidades estructurales. En ese terreno, el voto deja de ser una herramienta de exigencia para convertirse en un mecanismo de preservación.
Hoy, más que nunca, el sistema funciona porque es eficaz, no porque sea justo. Porque, en el fondo, sin importar el color (tricolor, azul o guinda), el principio no ha cambiado: alimentar para mantener… y mantenerse.
La diferencia es que ahora el corral está mejor organizado… y las aves, menos conscientes del destino, preocupadas más por no perder el grano al pico que por cuestionar el propósito de quien se los ofrece y el propósito de tal.
Porque cuando el ciudadano deja de cuestionar y se conforma con recibir, deja de ser libre.
Y en ese momento, la democracia deja de ser elección… para convertirse en obediencia.
